jueves, 16 de febrero de 2012

Punto de ruptura

Una de las cosas más curiosas que tenemos hoy en día es la abundancia de nuevos materiales. Absolutamente para todo, para las cosas que siempre han existido pero que una vez fueron de madera, luego de hierro, pasaron al aluminio, fueron de tugsteno y hoy en día son de una aleación de la que ni conocemos el nombre. Eso sí, es cierto que las cosas siguen siendo las cosas

Los materiales de hoy en día son más resistentes, mejores, más baratos, más útiles y satisfacen mejor cualquier necesidad que antes satisfacía otro material

Una de las características que más han avanzado es la ductibilidad. Los materiales de hoy en día, en general, tienen una mayor capacidad de deformación, de maleabilidad, de elasticidad. La capacidad para asumir un esfuerzo deformante se ha multiplicado hasta el extremo y donde antes la ruptura era inminente, hoy el grado de deformación elástica y posteriormente la plástica y siempre después, siempre el punto de ruptura, es mucho más extendido.

Pero aunque hayamos aumentado la ductibilidad siempre llegaremos a un punto en el que se rompe el material de manera definitiva. Por eso tan importante, y es hacia donde se dirigen los cálculos, la deformación plástica, esa zona donde la modificación puede ser muy grande pero donde es posible el retorno. Este es el verdadero valor del nuevo material porque más allá de esa zona, llegado el punto de ruptura, no hay más.

Cuidado en llegar a ese punto.

lunes, 13 de febrero de 2012

Cuestión de convencimiento


Una de las ventajas de Hernán Cortés y sus hombres, más allá de los caballos, es que los aztecas tenían como objetivo capturar a los españoles porque llamaban su curiosidad, mientras que los conquistadores tenían como objetivo matar al enemigo. 

Esa diferencia es esencial y recuerda aquella frase de Georges Simenon: Yo tengo una inmensa ventaja sobre usted, haga lo que haga, yo he matado. No podemos obviar este tipo de determinación y de convencimiento como fuerza poderosa para acometer cualquier empresa. No hablo lógicamente de matar a nadie, sino que incluso en lo peor que se le puede hacer a un hombre, quitar la vida, la convicción y el convencimiento conllevan una fuerza extraordinaria, un aporte de razón, aunque sea mala, que no sólo justifica sino que santifica el hecho, por malo que sea. 

Shakespeare en Julio Cesar ponía en boca de Bruto: Maté a César no porque le quisiera menos, sino porque amaba más a Roma. Ese convencimiento, esa convicción, incluso ese fanatismo, lleva al hombre a un paso más allá, aunque sea lo peor. 

Así que el convencimiento es una arma poderosa y fuerte porque condiciona la voluntad y elimina límites que nos imponemos. De tal manera que convencidos de algo, lo ejecutamos con decisión. Da igual si es bueno o malo y si esas razones son buenas o malas, si estamos convencidos, a nuestros ojos lo que hacemos está justificado, es necesario y beneficioso. Cuestión de convencimiento. Y sirve para aquellos que defienden una buena causa y matan y mueren por ella, imaginemos a esos soldados ingleses en la Segunda Guerra Mundial y sirve para una mala causa, las matanzas en Bosnia. El convencimiento es el mismo. Terrible lo equivocados que podemos estar en nuestra convicción. 


domingo, 12 de febrero de 2012

Los tejados del pensamiento

Desde niños cuando nuestros padres empezaron a enseñarnos a hacer las cosas nos dijeron aquello de que la casa no se empieza por el tejado, sino que debe aposentarse en buenos cimientos. Esta es una idea que todos creemos buena y que convenimos en que debe ser aplicada y de hecho, a sensu contrario, cuando alguien no sigue esta pauta y es evidente, usamos esta frase y razonablemente, apunto.


 Sucede sin embargo, esa es la impresión que tengo, que últimamente veo en demasiadas ocasiones como sucede al revés, empezar la casa por el tejado. Creo que se establece una conclusión, la que sea, por interés, desinterés o porque si y luego se rellena de razón. Primero se llega al final, a tomar una postura y luego adecuamos los razonamientos que encajan con ese final.

Es de suponer que deberíamos sobre base a nuestros principios, valores e ideales razonar y pensar para ir puliendo nuestra postura, atacarla con otros argumentos incluso para establecer la fortaleza y veracidad de la misma y por fin sacar una conclusión. A veces este proceso es más corto y evidente y otras largo y tortuoso pero en ambos casos se produce el mismo esquema lineal de pensamiento. Al contrario de todo esto, la sensación y a veces la certeza, que tengo en muchas de las discusiones que nos ocupan es que tendemos a fijar nuestra posición y luego rellenarla de razones y hay algo en el argumentario que chirría y acaba notándose.

En principio, podría decirse que en realidad no es malo que suceda eso, al fin y al cabo se adopta una posición porque se cree en ella, sea por bonhomía, sea por interés, pero se cree en ella. Y visto desde un punto de vista finalista, como es el proceso de pensamiento del que hablo, en sí, o incluso desde un punto de vista teleológico, dada su utilidad, es perfectamente aceptable pero esencialmente estamos vulnerando el pensamiento en sí, puesto que si no ponemos en duda las premisas, las concatenaciones, si no sometemos a controversia cada pequeño resultado que nos lleve a otro, sino atacamos cada unión y salto en el proceso, estaremos simplificando nuestra posición y nuestro pensamiento, estaremos debilitando nuestra conclusión ya que tiene una columna vertical frágil. Además de una consecuencia perversa e inadvertida, cada vez que iniciamos el proceso que desemboca en una idea estamos revisando todos nuestros principios, valores e ideales en el mismo proceso mientras que si optamos por determinar la conclusión y rellenarlo de razones nunca airearemos y pondremos a prueba aquello que pensamos y sin darnos cuenta casi lo convertiremos en dogmas, casi más en fe que en razón.



sábado, 11 de febrero de 2012

Rat Pack

Cada noche se subían al escenario del Sands y realizaban su show que consistía en poco más que ser como eran de por sí, sólo que con público delante. Las bromas se sucedían unas tras otras y aunque algunas las hacían todas las noches, eran muchas las veces que improvisaban. Su show eran ellos mismos, el Rat Pack.


Rat Pack: Frank Sinatra, Dean Martin, Sammy Davis Jr, Peter Lawford y Joey Bishop 






Frank Sinatra, Dean Martin, Sammy Davis Jr, Peter Lawford y el último en dejarnos hace unos meses, Joey Bishop. Ellos formaban el Rat Pack, o así han pasado a la historia. En realidad, el Rat Pack fue fundado por Bogart y el nombre vino dado por su mujer, Lauren Bacall, que al ver las pintas que traían tras una noche de juerga dijo: parecéis un panda de ratas (You look like a goddamn rat pack). De todos ellos, el único que formó parte del Rat Pack primigenio fue Sinatra. 



Al primer Rat Pack pertenecían Bogart y la Bacall, Judy Garland y su marido, Sid Luft, David Niven, Katharine Hepburn, Spencer Tracy, George Cukor, Michael Romanoff, Swifty Lazar, Nathaniel Benchley, James Van Heusen y, por supuesto, Frankie Sinatra. 


Bogart, Bacall y Marilyn 






Fue a la muerte de Boggey cuando Sinatra se trasladó a Las Vegas, aprovechando el auge de aquella ciudad creada en la nada, en el desierto, del sueño e inteligencia de Bugsy "Piojo" Siegel, ayudado por su compadre y luego firmante de su muerte, Meyer Lansky, un mafioso judío que había nacido en Rusia, con el que creó el hotel-casino The Flamingo, en la localidad de Nevada, que era el lugar donde paraban las tropas americanas en su camino a la costa Oeste. 


The Flamingo






Bugsy "Piojo" Siegel




En torno a Frankie llegaron sus amigotes que formarían el nuevo grupo que la prensa llamó Rat Pack y a Angie Dickinson, Juliet Prowse, y Shirley MacLaine que formaban parte del mismo las Rat Pack Mascot, aunque Frankie nunca lo aceptó y jamás llamó a la pandilla así, sino The Summit (La cumbre). 






Tal y como actuaban, vivían o tal y como vivían, actuaban. Llegaban a lanzarse tartas y si Sinatra empezaba a cantar It was a very good year, y entonaba la primera frase: When I was seventeen…, "Dino", Dean Martin le decía: eras un plasta. Cuando Frankie Sinatra cantaba la segunda estrofa: When I was twenty one… Dino decía de nuevo: seguías siendo un plasta. La gente abarrotaba los sitios con tal de verles en persona, con tal de poder contar que les habían visto en directo. 



Frank Sinatra, Shirley McLaine y Dean Martin 

 


Representaban un mundo elegante y de vividores, de buenos vividores que apreciaban los mejores coches, hoteles, whiskies, trajes, cigarrillos, los restaurantes, sitios de fiesta. Todo aquello que produjese placer. La gente les adoraba, los hombres querían estar cerca de ellos y les admiraban, las mujeres querían ser sus amantes y sedujeron a mujeres como Kim Novak, Ava Gardner, Marilyn Monroe. Eran ricos y poderosos, compartían fiestas memorables con Sam Giancana, uno de los capos de la mafia y con JFK, estaban protegidos y ellos correspondían a todos. 

Sam Giancana



Era un mundo hedonista, adolescente, lleno de lujo, glamour y mucha diversión en un tiempo en el que fumar no era perjudicial para la salud, el whisky se tomaba en las mismas cantidades que el café, las propinas eran de 50 dólares y eran los reyes de la ciudad. Como dijo Dean Martin: Este es el mundo de Frank, nosotros sólo vivimos en él .








viernes, 10 de febrero de 2012

The Rooftop Concert

En una de las azoteas que rodean el número 3 de la Savile Row, cerca de Picadilly, un típico englishman con sombrero, abrigo chesterfield y pipa, sube una escala y al llegar arriba, mete las manos en los bolsillos disimulando el esfuerzo realizado como si no tuviese mayor pretensión de estar allí. Sin embargo, como otros muchos, menos disimulados y realmente interesados han ido subiendo por los tejados y azoteas que hay en rededor de Apple Records. Abajo en la calle, la gente también se arremolina mirando hacia arriba y y buscando explicación a aquellas notas que llegan desde los tejados. Paul, de negro y con barba, Ringo embutido en un impermeable rojo, George vistiendo unos llamativos pantalones verdes y John envuelto en pieles, los Beatles tocan Get Back.


Es el 30 de enero de 1969 y todo forma parte del álbum Let it be y de una película-documental. A la postre, sería su último disco y la última vez que tocaron juntos, de hecho llevaban ya tres años sin hacerlo. El final estaba tan cerca, que aquel último disco era casi un suplicio para todos ellos. A Paul se le ocurrió que se encerraran en un estudio para grabar el disco mientras eran filmados en todo momento. La tensión crecía día a día y el principal material de grabación eran las discusiones de Paul y Jonh. Aprovechando la presencia del gran teclista, Billy Preston para colaborar en el disco, sin solicitar permisos, decidieron subir a la terraza e improvisar un concierto. Quien sabe si inpirados por recobrar el primigenio espíritu de The Cavern

El concierto sólo duró 40 minutos y terminó por la intervención de los bobbys que ante la expectación cada vez mayor que estaba causando tanto en la calle como en las azoteas decidieron poner fin a aquella última aventura. Empezaron con Get Back, que juntaron en dos versiones, una alegoría quizás para pedir el regreso de lo que nunca ya más sería. Continuaron con Don't let me down, con John cambiando la letra y provocando las risas de los otros beatles, quizás uno de las mejores canciones en directo de la historia. Luego I've got a feeling., One after 909, y Dig a pony. Aquello quedó enlatado y fue Lennon el que pidió a Phil Spector que produjese y arreglase ese material, con su habitual Wall of Sound. En 2003, Mccartney limpió el Muro de Sonido de Spector y publicó Let it be Naked.

Aquel fue el canto del cisne, el final de una década, del talento e inquietud de cuatro chicos de Liverpool que hicieron que la manera de entender la música cambiase para siempre y esta es la última vez que tocaron juntos en el mítico e histórico Rooftop Concert








miércoles, 8 de febrero de 2012

Empeños y melancolía


Me vino a la mente el otro día una de las frases que atribuimos a Ortega, y que ciertamente aunque todo el mundo lo haga no está claro que sea suya, cuando me contaba un amigo su empeño en sacar adelante una iniciativa cultural en su pueblo. Conociendo las circunstancias, también orteguianas, del pueblo, gente ya muy mayor, apenas jóvenes y con un nivel cultural bajo, sin apenas bagaje de este tipo y necesitando colaboración y dinero, pensé en aquello de Ortega de "el esfuerzo inútil conduce a la melancolía".


Y es cierto, aquellos empeños y esfuerzos que carecen de un calibrado realista, de un porcentaje aceptable de posibilidades, de una visión mesurada de la realidad y del futuro, nos lleva a esfuerzos baldíos, a entregas innecesarias, a malgasto de ilusiones y energías en pos de un fracaso casi garantizado. Y no es malo el fracaso en sí mismo, sino las heridas que deja son dolorosas. Cuando el esfuerzo y el empeño es arduo y el éxito no llega no queda más que la melancolía de lo que se pensó, se trabajó y la ausencia de un mínimo resultado satisfactorio. 



Puede ser ésta una visión realista de las cosas que no defenderé, ni aconsejaré, pero que no conviene dejar todo de lado o despistarla. Claro que tampoco animaré a lo contrario, sobre todo porque sería un empeño inútil y acabaría cayendo en la melancolía cuando nadie hiciera caso de mi recomendación. Por lo tanto, me limito a decir que existe y que uno más sabio que nosotros vio una distorsión en ello y que, sólo por si acaso, conviene pensar varias veces las empresas que hacemos nuestras si acaso por no acabar melancólicos de un sueño nunca logrado.





martes, 7 de febrero de 2012

Insignifcantes

La inmensidad de todo lo que nos rodea podría ser aterradora sino tuviésemos sentido de la insignificancia. Si todo lo que tenemos al alcance de nuestros sentidos y nuestro pensamiento tuviese una mínima, la parte más mínima posible, de importancia no podríamos siquiera movernos porque todo merecería nuestra atención. Para poder ser, entonces, establecemos criterios de importancia para las cosas, diversos niveles, distintos períodos de importancia, criterios puntuales...

Así podemos determinar que el simple cambio de rojo a verde en un determinado instante es importante o que la educación de un hijo a lo largo de 20 años es importante. Depende de la circunstancia y del fin, hay cosas que son importantes.

 Si bien la importancia es el lado positivo de las cosas, el lado negativo es la insignificancia. Aquello que nos rodea que no significa nada, que es algo absolutamente despreciable en términos de valor. Son cosas que no suponen una mínima alteración en nosotros, ni siquiera como pensamiento. Simplemente no las tenemos en cuenta y si las tenemos por alguna razón, no siempre se presenta ante nosotros lo que queremos, nuestra decisión acerca de su insignificancia es muy rápida, puesto que su capacidad para influir en nosotros es aún menor que la mínima importancia de la que hablábamos antes de manera abstracta. Si la importancia exige un esfuerzo, la insignificancia no supone nada.

Acostumbrados como estamos a determinar entre importante o insignificante y a hacerlo de manera casi irreflexiva, me pregunto si no haremos lo mismo con la gente. Si así fuese, que no lo se, sería terrible. Quizás tenga que mirarlo un poco detenidamente. Darle importancia a la posible insignificancia.